Vocabulario:
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- Acera: parte de la calle por donde caminan las personas.
- Buena onda: actitud amable, positiva y cercana hacia los demás.
- Burlarse: reírse de alguien de forma hiriente o despectiva.
- Disfraz: ropa y accesorios usados para parecer otra persona o cosa.
- Mejilla: parte del rostro entre la nariz y la oreja.
- Persianas: paneles o láminas que se bajan o suben para cerrar ventanas o locales.
- Bailar: moverse siguiendo el ritmo de la música.
- Recuerdo: imagen o idea que vuelve a la mente desde el pasado.
- Calles: vías públicas por donde circulan personas y vehículos.
- Abrocharse: cerrar una prenda con botones, broches o cierre.
Para escuchar
El día empezó como empiezan muchos viajes: con maletas abiertas sobre la cama y mucha expectativa.
Así, entre risas nerviosas y café tibio del aeropuerto, Valentina, Camila y Rosario dejaron Santiago rumbo a Brasil. No venían a “conocer un país”, al menos no en abstracto. Venían a algo muy concreto: vivir el carnaval de Río de Janeiro.
Tú que estás aprendiendo español, quizás ya viajaste así alguna vez. Con expectativas altas, idioma parecido… y la certeza ingenua de que “más o menos” se entiende todo.
Llegar a Río no es llegar a la mansa calma
Recién llegadas a Río y todavía medio perdidas, fueron directo al módulo de información del aeropuerto, donde las atenderían en español, y preguntaron por la programación del carnaval. Entonces les revelaron un tesoro: la página oficial de turismo de Río, lo que les produjo la sensación de que el carnaval ya había empezado..
La ciudad las abrazó sin pedir permiso: calor pegajoso, bocinas, música que parecía salir de todas partes al mismo tiempo. Desde el taxi, miraban por la ventana como quien mira una película sin subtítulos.
—Es hermoso… pero caótico —dijo Rosario, intentando abrocharse el cinturón que no encontraba.
El conductor, con una sonrisa amplia, habló rápido. Muy rápido. Las tres se miraron. Español no era. Pero tampoco era tan distinto. Modo “portuñol” activado, pensaron.
El primer choque no fue el idioma. Fue el ritmo. En Chile todo les parecía ahora más ordenado, más silencioso. Aquí, incluso el semáforo parecía bailar.
Cuando el carnaval no espera a que entiendas
El segundo día salieron disfrazadas sin mucha planificación, como manda el carnaval y el cansancio. Una iba vestida de frutas tropicales, con colores por todos lados. Otra llevaba flores grandes y llamativas, tantas que parecía un jardín ambulante. La tercera parecía un pájaro tropical, con plumas ligeras y tonos verdes y azules que se movían incluso cuando no había viento. No querían destacar… pero el carnaval tenía otros planes.
Buscaban una comparsa famosa, de esas que “todo el mundo” recomienda y nadie sabe explicar bien cómo llegar. Tenían la dirección guardada, claro. Lo que no tenían era celular con internet.
Caminaron varias cuadras más. La música empezó a sonar como un recuerdo. Las calles se veían más vacías. Persianas cerradas, grafitis antiguos, un silencio extraño para una ciudad que, hasta hacía cinco minutos, no dejaba de bailar.
Ahí apareció el miedo. Ese miedo pequeño, educado, que no grita, pero aprieta el estómago y hace sudar más que el calor. No era peligro real. Era desconcierto. Y para unas turistas chilenas en Brasil, disfrazadas de fruta, flor y ave exótica, eso pesa un poco más.
—Volvamos —propuso Rosario—. Esto no parece carnaval.
Justo en ese momento, cuando el pájaro estaba a punto de perder las plumas, escucharon tambores. Lejanos, pero vivos.
Una comparsa, un gesto y la primera vez en el carnaval
De una esquina salió un grupo de personas bailando. Era una comparsa de barrio: colorida, desordenada, auténtica. Al frente, un hombre las miró, notó su cara de duda y se acercó sonriendo.
—”Vocês estão perdidas, né?”
No entendieron todo, pero entendieron lo suficiente.
Sin grandes discursos ni héroes improvisados, el hombre caminó con ellas, les explicó por dónde ir, las integró a la comparsa durante unas cuadras. Alguien les ofreció agua. Otra persona les pintó una estrella de glitter en la mejilla.
No fue un rescate de película. Fue algo más real: alguien que decidió ayudar.
Turistas chilenas en Brasil, aprendiendo a soltarse
En el bloco, el sonido era ensordecedor. Los cuerpos, demasiados. El agua, urgente.
Alguien les explicó, entre risas, que el glitter no se quita fácil. Otra persona les mostró por qué la cerveza se toma rápido, antes de que se vuelva caldo. Una mujer mayor les acomodó el disfraz sin pedir permiso, como si eso también viniera incluido en el carnaval.
No todo fue perfecto. Se cansaron. Por unos minutos se perdieron entre ellas. Se frustraron al no poder decir exactamente lo que pensaban. La primera vez en el carnaval también incluye perder el control… y recuperarlo después.
Pero nadie las miró raro por hablar diferente. Nadie se burló. Al contrario: cuanto más se equivocaban, más ayuda aparecía. En pleno carnaval de Río de Janeiro, descubrieron algo inesperado: nadie parecía tener prisa por terminar la conversación.
La última noche, sentadas en la acera, con los pies doloridos y el maquillaje corrido, entendieron algo simple: no dominaron el idioma, no entendieron todo y no pasó ningún milagro. Pero entre sonrisas, gestos, ayuda inesperada y esa buena onda tan brasileña, descubrieron que muchas cosas se dicen sin palabras y que, a veces, la verdadera comunicación empieza justo ahí.
No era la primera vez que el idioma les hacía ese guiño cultural. Algo parecido le había pasado a una alumna de la profesora Albanys, cuando viajó a Chile y escuchó expresiones como “bendiciones”, “ojalá” o “si Dios quiere”: palabras que dicen mucho más de lo que aparentan y que cambian de sentido según el lugar y la gente que las dice, como ya contamos en este otro texto del blog🔗
Y tú, ¿cuándo fue la última vez que sentiste que alguien te entendía, incluso sin decirlo todo con palabras?







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